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Vehículos, Hombres y Rugidos

marzo 7, 2010 2 comentarios

Saludos a todos, buen año y buen día, he escrito un cuentito que espero les agrade. Cuando otros conducen y platican sus anecdotas de reencuentro con extraños y sus autos por las calles, uno sólo puede imaginar lo que pasa por la mente de los conductores en cuestión cuando viajan por los caminos mal pavimentados.

Un hombre y su auto, veloces y arrogantes, imponían su rapidez y egocentrismo ante los demás en las transitadas calles y carreteras. Orgulloso, el señor explotaba su combustible y empujaba con harto esfuerzo a los otros conductores fuera del camino. Uno tras otro gritaban groserías y vulgaridades al señor conductor conforme éste los iba pasando, ensordecido por los fuertes ventarrones que entraban por las ventanas. ¡Cómo se atrevía pues, a echar tierra al parabrisas de sus autos! acosaba una y otra vez, como si entrara a un circuito cerrado sólo para rebasar a los pobres hombrecillos. Desorientados y aturdidos por el desordenado rugir de aquella máquina destartalada, que a duras penas pasaba los examenes de emisiones y todas aquellas revisiones de etiqueta, los hombres le aventaban golpes con la mirada a su operador.

A pesar de todo esto, existían momentos muy especiales en los que su ego gritaba de agonía, en que sus manos sudaban y sus brazos se encojían. Eran esos momentos donde aceleraba para huir de su maldita pena. Odiaba cada segundo que vivía en ella, dentro de la que no podía presumir más, pues claramente  se veía reducido a un pobre tonto… eran las empinadas pendientes su mayor inconveniente.

Sólo comenzaba a inclinarse el vehículo, el hombre de corte militar, que por cierto era de pura estética, pues había evitado la lotería militar y toda clase de educación respetable, sentía su temple desaparecer. Su auto se apachurraba, pues ni en el primer engrane lograba más que unos míseros 5 kilómetos por hora. ¡La ansiedad le atacaba desde su alma!, sentía que los otros autos subían a paso apresurado sólo para burlarse de él. Claro, éste no era el caso, pues su auto era el que no podía acelerar, mientras que el resto seguía su tanquilo camino. Reducido a poco más de la velocidad de un caracol, el hombre era consumido por una gran pena; Era la vergüenza la que lo ataba a su humildad inducida por el miedo a la burla. Si sólo durara para siempre esa humildad; si su pensamiento se reformara y admitiera los límites de seguridad; si no fuera porque las montañas y cerros tienden a tener, así como empinadas subidas, veloces bajadas, llenas de esa furia y descontrol que tanto le agradaban al sediento conductor, pues quien sabe cuantos litros perdía por su sudor.

Como un perro feroz que ha vuelto a su árbol después de una riña en territorio ajeno, donde posiblemente haya recibido una que otra mordida, pero que finalmente regresa y se acuesta bajo su propia planta, repleto de calma y orgullo, el hombre se recomponía en las bajadas y volvía a ser aquel sujeto que acostumbraba a atormentar a la ciudad con su gruñir y empujar.