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Memorias

julio 29, 2010 3 comentarios

¡He vuelto! después de unos meses de disparates escolares y un breve descanso de las labores del mundo, he logrado atrapar un buen momento para plasmar algunos de mis pensamientos; pensamientos que van, pensamientos que vienen, que resuenan y que pasan por la mente, queriendo ser anotados para no ser olvidados, para ser transmitidos e ilustrados. Esta entrada se la dedico a todos aquellos que han moldeado mi vida, pero en especial a dos personas que han configurado y transformado muchos de mis paradigmas y los han convertido en viejas estatuas de arcilla, arcilla que ha de perdurar pero que no ha de volver a mí, al menos hasta donde sé contemplar. Esta entrada se la dedico a Celeste, mi amor, mi felicidad, mi nena, y a Totu, mi fiel amigo de la secundaria, de la preparatoria, de la universidad y de la vida.

Era de noche y el tiempo había transcurrido imperceptible ante los ojos de un hombre que sollozaba, desorientado por la ineptitud de su cerebro, que había olvidado recordar y que ahora vagaba lentamente por las calles de una ciudad que no era más que un montón de goma y cemento amontonado. Bloque por bloque, la ciudad había sido convertida en un contenedor vacío y libre de perspectiva.  Teñidas de colores cuyo significado se había perdido al pasar las épocas, las banderas ondeantes que seguían los breves suspiros del mundo al borde de los grandes palacios caían y revolaban, hartas de tantos años de estar colgadas sin homenaje ni honores, y se tiraban rendidas como si esperasen un tornado que las arrancara y las ondeara no sólo donde no las querían ya, sino por todo el mundo, con la esperanza de encontrar algún individuo con suficiente memoria y tiempo para recordar su forma y reconocer su danza y erguirse y rendirles honores y juramentos.

Qué poco afortunadas eran las banderas, pues se habría erguido cualquiera que tuviese aún algún rastro de conciencia – y especialmente alguna memoria sobre la importancia de los lábaros patrios-, pero el hombre había olvidado recordar y había aprendido a olvidar. Con esa desconfianza diaria que tienen los individuos sobre sus recuerdos temporales y permanentes, breves, a corto plazo y a largo plazo, ellos rechazaron la idea de vivir su vida por sí mismos y lograron emancipar a las memorias de sus mentes, y las enfrascaron en el mundo tangible – no que el cerebro sea abstracto, pero su memoria es volátil y requiere de supervisión constante para que no se fuguen los pensamientos presentándose cualquier oportunidad -, en la memoria de los imanes, de los discos y de las partículas. El hombre, sobre todas las cosas, había adquirido un gusto cegador por privarse de los placeres más básicos, todo por el progreso de la ciencia, y eliminó todo rastro de él de los registros eternos de las máquinas de la memoria. Lentamente grababa en las partículas todo lo que observaba, convirtiéndose en una sonda  más, perdida en la profundidad de su mundo y su espacio, finalmente transformándose en lo que siempre había querido ser, aquello que creaba con su naturaleza tecnológica y sobre lo que elaboró su peor caso de antropomorfismo. Se había convertido en un autómata.

Durante un tiempo, el hombre fue feliz en este estado de simbiosis: hacía crecer la ciencia como un globo, expandiendo sus horizontes uniformemente, a cambio de la simplificación de su existencia. Entonces, el hombre sólo debía observar, volar y sentarse, rodar, sumergirse, flotar y transmitir todo lo que veía y tocaba a la máquina de la memoria, la cual hacía automáticamente el trabajo de juez y verdugo de la verdad y constructor del conocimiento. Era, además, una clase de deidad que el hombre alimentaba con su pura existencia, dictada por las instrucciones de la conciencia colectiva de la máquina, que aparentaba gobernar como todo un solidario soberano. Uno por uno, los hombres y mujeres, seguidos por los niños y los viejos, se sometieron a este nuevo orden de construcción y existencia. El hombre entonces olvidó su vieja vida y sentó las bases para lo que sería la reducción de sus espíritu. Integró a la máquina de la memoria funciones de alimentación, de cosecha – cosecha no sólo de alimentos, si no la de la misma humanidad-, y de eliminación, y entonces no fue sólo un dios dedicado a la recolección y a recompensar los servicios de sus siervos; la máquina de la memoria se había transformado en la máquina de la vida, de la forma y del orden. Sin la necesidad de practicar sus conocimientos y emplear su cerebro, el hombre era ahora la sonda autómata que tanto había odiado integrar a su independencia y que ahora era su misma esencia. Y entonces el hombre olvidó recordar.

El hombre olvidó recordar el sonido de sus entrañas, el perfume de las flores, la sensación del amor y el significado de los emblemas. Había olvidado el dolor del ejercicio, el placer de dormir y la fantasía de soñar. Dentro de él quedaba sólo su funcionamiento natural e instintivo, la satisfacción de la independencia total de sus responsabilidades y el entendimiento de un lenguaje simple y embrutecido por falta de práctica. El hombre entonces había olvidado lo que había practicado por siglos, lo que había perfeccionado por milenios. Había olvidado la belleza del arte, la importancia del raciocinio y su significado y su propósito. Olvidó la operación de las máquinas, la construcción de las herramientas de la agricultura y la hermosura del vuelo. Olvidó la música, el entretenimiento, el deseo de la individualidad y el celo de la competencia animal.  Olvidó la guerra y el sentido de la paz, los fundamentos de la religión, el significado del perdón, la innovación y, sobre todo, la curiosidad de la exploración.

Entregado a su única labor, el hombre confió en su mundo, un mundo de carácter vengativo y estricto con las condenas que planeaba dictar después de siglos de abuso. Había sido herido gravemente por aquellos hombrecillos de ciencia, de civilidad y de erosión. Había comprendido el propósito final del hombre y había entonces planeado su castigo. Les había permitido, como a los condenados se les mima con su última comida, arrastrarse unos cuantos años por su superficie, pero enfurecido por un último insulto humano – nunca se ocuparon de planear una despedida digna de su presencia consciente sobre la tierra-, el planeta decidió arrojar sobre ellos una venganza sin precedentes. Uno a uno, los pilares que sostenían al cúmulo humano fueron despedazados por la furia de un planeta tendiente al equilibrio, y uno por uno los individuos del colectivo humano fueron desapareciendo de los registros de operaciones. Primero, los más lejanos, que nadaban en los planetas exteriores, terminaron asfixiados por una atmósfera espesa cuya compostura había sido imposible por la máquina de la vida. Siguieron los del océano, que buscaban los orígenes de la vida en los túneles subterráneos y que terminaron aplastados por miles de atmósferas o por las rocas enrojecidas por una ira inconfundible. Los que volaban por las nubes, estudiando los fenómenos del trueno y las auroras, cayeron, apresurados por las máquinas que los mantenían en vuelo, contra la tierra que los había visto partir hace más de 17 siglos. Al final quedaron los que se arrastraban, los que, al romperse los tubos, volvieron a respirar aquella dulce brisa y que sobrevivieron a la pulmonía y al clima cotidiano del que habían huido.

El hombre habría comprendido el universo si no hubiera perdido su capacidad de recordar. Al final la máquina logró por su cuenta insertar los espacios vacíos y había conformado el mapa eterno del cosmos. La humanidad, por su parte, había perdido el interés en tan tremenda odisea. Había complicado su lenguaje con tanta palabrería técnica, del cual entendía sólo una pequeña fracción de lo que significaban sus símbolos, que prefirió encerrarse en el acontecer del universo y en la transmisión de sus señales inservibles, rebuscadas por el afán de entretener a su deidad, y perder el rumbo de su razón original.

El hombre, entonces sollozaba consciente de sí mismo, pero no de lo que había sido. Había perdido su razón de ser, y aunque la recordara, su mundo era ahora de un color olvidado, desprendido de cualquier registro y plasmado sólo en las viejas pinturas. El mundo había embellecido para sí mismo y no para el hombre. Y para todos esos vagos desterrados del reino absoluto de la máquina de la memoria existía un destino vacío, pues lo habían tenido todo, y en un berrinche la tierra decidió devolverles el favor de destrozarles las expectativas de una forma delicada y bella de vida. En el mundo nuevo no había nada para él, y él se había convertido en lo que más temía. Sin sus memorias, era una sonda vacía, un animal sucio, instintivo y abandonado, una analogía de lo que alguna vez había sido la muerte. Entonces, los señores de la tierra soñarían con lo único que habían conocido, y soñarían despiertos, sólo por defenderse de la realidad.

Desde el comienzo de su sueño, que a su vez comenzaban en su nacimiento artificial, los soñadores se iban transformando en un sensor, nada más que un bulto carnoso perdido en el universo, registrando y anotando, perdiendo su capacidad de conocer, regalándola a la máquina que recompensándolos les regalaba la sencillez de su vida. Al conocer todo, no quedó nada. Su vida estaba sujeta al orden absoluto del universo. Sólo observarían el movimiento de las placas, de los astros y de la vida, relatando cada momento en su propia jerga, En aquella memoria eterna, cuya finalidad se había perdido en el tiempo.

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Categorías:Historias, Pensamientos

Vehículos, Hombres y Rugidos

marzo 7, 2010 2 comentarios

Saludos a todos, buen año y buen día, he escrito un cuentito que espero les agrade. Cuando otros conducen y platican sus anecdotas de reencuentro con extraños y sus autos por las calles, uno sólo puede imaginar lo que pasa por la mente de los conductores en cuestión cuando viajan por los caminos mal pavimentados.

Un hombre y su auto, veloces y arrogantes, imponían su rapidez y egocentrismo ante los demás en las transitadas calles y carreteras. Orgulloso, el señor explotaba su combustible y empujaba con harto esfuerzo a los otros conductores fuera del camino. Uno tras otro gritaban groserías y vulgaridades al señor conductor conforme éste los iba pasando, ensordecido por los fuertes ventarrones que entraban por las ventanas. ¡Cómo se atrevía pues, a echar tierra al parabrisas de sus autos! acosaba una y otra vez, como si entrara a un circuito cerrado sólo para rebasar a los pobres hombrecillos. Desorientados y aturdidos por el desordenado rugir de aquella máquina destartalada, que a duras penas pasaba los examenes de emisiones y todas aquellas revisiones de etiqueta, los hombres le aventaban golpes con la mirada a su operador.

A pesar de todo esto, existían momentos muy especiales en los que su ego gritaba de agonía, en que sus manos sudaban y sus brazos se encojían. Eran esos momentos donde aceleraba para huir de su maldita pena. Odiaba cada segundo que vivía en ella, dentro de la que no podía presumir más, pues claramente  se veía reducido a un pobre tonto… eran las empinadas pendientes su mayor inconveniente.

Sólo comenzaba a inclinarse el vehículo, el hombre de corte militar, que por cierto era de pura estética, pues había evitado la lotería militar y toda clase de educación respetable, sentía su temple desaparecer. Su auto se apachurraba, pues ni en el primer engrane lograba más que unos míseros 5 kilómetos por hora. ¡La ansiedad le atacaba desde su alma!, sentía que los otros autos subían a paso apresurado sólo para burlarse de él. Claro, éste no era el caso, pues su auto era el que no podía acelerar, mientras que el resto seguía su tanquilo camino. Reducido a poco más de la velocidad de un caracol, el hombre era consumido por una gran pena; Era la vergüenza la que lo ataba a su humildad inducida por el miedo a la burla. Si sólo durara para siempre esa humildad; si su pensamiento se reformara y admitiera los límites de seguridad; si no fuera porque las montañas y cerros tienden a tener, así como empinadas subidas, veloces bajadas, llenas de esa furia y descontrol que tanto le agradaban al sediento conductor, pues quien sabe cuantos litros perdía por su sudor.

Como un perro feroz que ha vuelto a su árbol después de una riña en territorio ajeno, donde posiblemente haya recibido una que otra mordida, pero que finalmente regresa y se acuesta bajo su propia planta, repleto de calma y orgullo, el hombre se recomponía en las bajadas y volvía a ser aquel sujeto que acostumbraba a atormentar a la ciudad con su gruñir y empujar.

Un Hombre y su Eclipse (o algo así)

febrero 6, 2010 2 comentarios

Buen día a todos. Enero sin escribir… ¡qué mal! algo debía anotar por aquí antes de que se enpolvara más la columna… pero antes, un saludo a todos, espero que disfruten su nuevo año. Enero fue un mes ocupado pero enriquecedor… creo. Trabajo trabajo, escuela escuela, pero realmente no me quejo, la vida es así. Tengo quien ilumine mis días (:. Intentaré escribir más cosas D:, si el tiempo me lo permite.

Sobre el escrito:

Tenía algo por ahí, y me harté, y lo desarmé. En los últimos párrafos de ese otro, encontré el primero de este otro. Quizá sin ton ni son y hundido en el protagonismo anónimo, pero espero que les agrade (:. Fondo del personaje… hombre estudioso, aburrido del orden de las cosas.

Durante algún momento de su vida había perdido su impulso natural, había escogido un camino conformista y cómodo y no pretendía cambiar esto. ¡Y vaya qué era cómodo! pues realmente no tenía alguna preocupación entre sus sienes que les cargara y les doblara como una roca a una cuerda floja. Prefería su miseria al lujo, pues le daba un sentido humilde a su vida que nadie podía envidiar y era justamente este su propósito, ya que los tiempos modernos no sugerían la humildad como la pertenencia más codiciada. Sus amigos lo olvidaban entre los escombros de su casa para volver por una tasa de café mensual, a veces anual, solo para enterarse de su situación y sentirse elevados.

En comparación con el entorno cotidiano, su casa no era más que una pocilga de apariencia descuidada, pero no por eso sucia. Vivía ordenado, como todo un caballero, pero no era obsesivo, y mucho menos con su puerta. “Quien juzgue por la textura, y no el sabor, es un pobre tonto” decía , no en cualquier ocasión, pues su objetivo no era presumir su elocuencia, y vaya que era elocuente con los vecinos y los extraños, cautivando su atención de verso en verso y en prosa cuando declamaba y oraba en su pórtico diferentes discursos históricos y elegantes. No, no era por presumir que utilizaba esas palabras, sino que las empleaba solo en aquellas ocasiones en que se rechazara la invitación a entrar por la fachada exterior de la casa, que realmente no era la más atractiva. Y pocos se podrían salir con la suya después de palabras tan sencillas, insultantes para una mente soberbia y educada, pero buscaba una alternativa divertida y libre de contexto histórico.

Su mente era libre, y su ideología mezclada, pero nunca torpe ni descabellada. Era simple, pero lleno de ideales. pasaba sus mañanas leyendo y aprendiendo del hombre y el animal, el águila y los monumentos, la belleza y el caos. Cuando dormía, su mente se perdía en sus mañanas y en sus libros. En sus tardes hablaba con los vientos que corrían desesperados por el cielo. Fuera de la pradera o de los hoyos negros, de los lobos o las batallas de  Aníbal, o de Calígula o del sol y las estrellas, se ilusionaba con cada elemento de la existencia. Con tanto platicar, como a todo hombre, le daba sed, y su apetito se encendía tan pronto decía sus últimas palabras al aire ya cansado de viajar, ahora inerte. Comía y bebía lo apropiado, pues su actividad no era monumental y por lo tanto se consideraba un ser de desperdicio si consumiese  muchos alimentos. No se consideraba atractivo tampoco, su estatura era algo baja y su despreocupada apariencia lo hacía lucir como un sujeto más del montón. Amor… quizá sería lo que le haría falta en sus últimos momentos, aunque las relaciones no eran su fuerte.

Cuando estudiaba y su mente se concentraba en los asuntos de la política y de las leyes, su tiempo era consumido por su curiosidad y no justamente social. Su tiempo en la facultad de derecho lo invertía en la biblioteca, silenciosa y tranquilizante, y evitaba lugares con muchas personas. Sería conveniente mencionar que no era agorafóbico; no le tenía miedo a la sociedad o a las personas, simplemente no le era atractiva la interacción forzada. Sus amigos que llegaran a visitarlo eran de la infancia y no  por eso más apegados a su persona que cualquier otro extraño. Podría decirse que era por pura formalidad que lo visitaban, pues cualquiera con una televisión o una radio podría darse cuenta que su situación no era tan miserable con sólo ver  u oír el noticiero.

Al pasar el tiempo, su mirada se tornaba apagada. Sus amigos no tomaban ya el tiempo de visitarle, quizá porque fallecieron en sus aventuras por la ciudad; quizá por el descuido de su mesa de café que varias veces había sido pateada accidentalmente y mostraba ahora signos de debilidad y tambaleo; quizá por su descuidada figura, débil y finalmente espeluznante. Sus días se tornaban monótonos, pues ya no declamaba,  sus pulmones vivían cansados ya, y el barrio se había ensuciado con el tiempo y los edificios vaciado. Nadie se había despedido al partir, y su puerta ahora negra y sucia no sonaba ni por el golpeteo del viento.  Había vivido con una extraña plenitud, pero ahora su luz se desvanecía lentamente por las calles olvidadas;  había sido un sol, pero ni con un eclipse se observaba su oscura corona.

Sus últimos días fueron de los mejores. La ciudad se había silenciado a su alrededor. Sus libros, apilados en forma de torres enormes, lo enorgullecían con su emergente luz. ya no pensaba en los viejos amigos. Sus historias lo acurrucaban en su cama. Con café en mano y manuscritos impresos en otra, su sucia sonrisa aparecía después de terminar las hojas rotas. Su sucia sonrisa… su sucia sonrisa… quizá sería lo último que vería reflejado en el espejo, después de decidir partir por su cuenta. Los días habían sido nublados, pero ahora todo brillaba con una intensidad inmensurable, como si el sol, al explotar,  limpiara del cielo las nubes. El mundo no le debía nada, y él no le debía nada al mundo.

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Año Nuevo y Sobre Un Hombre…

diciembre 30, 2009 2 comentarios

Antes de una agradable lectura (espero), quiero desear a todos una buena velada (o día, dependiendo de su hora preferida de consulta) y un buen fin de año. Parecería que apenas comenzó nuestra delicada década y es ahora que acaba sin pompa ni circunstancia. Me agrada la idea del 2010, tiene una sucesión de decenas en su nombre, y es par, además que cualquier nuevo año siempre es bienvenido. Con los propósitos en la mesa y el telón apunto de abrirse, siento que será otro de esos años al que le deberé espacio en mis memorias. Lo mejor para todos, disfruten su vida y si les apetece, de manera inmediata mi corto cuento. Es algo nuevo para mi así que no me peguen:

Sobre Un Hombre…

Con las ojeras grises como la ceniza más pura de un volcán y arrugas marcadas como las de un anciano, un hombre se preguntaba sobre la enigmática silueta que lo intimidaba en sus sueños, noche tras noche, sin respiro ni consuelo.  ¿Sería acaso una persona? o quizá un animal… fuera lo que fuera, lo poco que soñaba era eclipsado por ese lamento andante.

Desde meses atrás, el hombre había perdido el sentido del orden y del tacto. Todo era una fantasía retorcida de la que vivía mano a mano, día a día;  de la cual extraía los pocos fragmentos de raciocinio que podía engendrar en su retorcida mente; de la cual ingenuamente sonreía. Sus sentimientos se veían ligados, por supuesto, a esta extraña realidad de luces brillantes y difusas, por lo que su reacción ante el mundo era siempre algo incoherente, como un rompecabezas cuyas piezas han sido forzadas a un espacio equivocado, integro pero descompuesto. Y sonreía ante lo triste, lloraba ante lo bello, se doblegaba de felicidad y se retorcía de euforia.

Y noche tras noche… esa forma lo perseguía, y el solo notaba sus  propios pasos y su aliento acabarse, lentamente como una vela, cada vez que corría por su viejo y gastado sendero. Y veía su pasado volar a su alrededor como halcones veloces. Melancólico y gastado, el hombre lloraba por las imágenes felices y por las tristes: extrañaba su inmortalidad, fundamentada en su efímera memoria. Como teléfono descompuesto,  su mente ya no se preocupaba por su significado, solo se lo imaginaba, y las imágenes no eran las originales, eran fragmentos de cristal que reflejaban solo lo que alguna vez fueron. Los sonidos eran como un zumbido, pues realmente, como cualquier canción bella, feliz o triste,  alienada de su estructura y su continuidad, terminaban siendo ruido… frecuencias. Y la monotonía era el adjetivo perfecto para sus memorias grises y turbias.

Y le perseguía y le perseguía, momento tras momento; memoria tras memoria; idea tras idea… y le fascinaba. ¿Qué sería esta sombra?. Durante sus pobres ensoñaciones, y claro, mientras corría, intentaba dialogar con su conciencia, encontrar una explicación a su  acechador, tachándolo algunas veces de grotesco, otras de bello. Cualquier Razón bastaría para curar su locura. Pensaba: ¿Algún mal augurio? intentaba dudarlo, pues no era supersticioso y cualquier idea de esas siempre se escapaba de su mente, pero a esas alturas cualquier cosa le parecía posible, por lo que desechar la consideración no era correcto; ¿Falta de sueño? eso lo creería el una mala broma… ¿su propia locura? podía ser, pues todo aquello era realmente un enmarañado sin forma. El buscaba una razón profunda y verdadera, y por muy absurda que fuera, la aceptaría si todo lo explicara.

Y si tan solo supiera que era la silueta: demonio, animal, fantasma, ángel. Cualquier pista le bastaría, cualquier origen le parecería. Su realidad estaba trastornada por su misma imaginación y crueldad. Su mundo ya no era lo que alguna vez fué; a su mente no le interesaba ya más su circunstancia y solo buscaba la caricia de una raíz sólida donde depositar sus razones y agonías. Si el mundo pudiese o no rescatarlo de su delirio no le importaba; su pasado ya no le interesaba… solo quería salir de su tormento. El hombre no tenía ya nada más a lo que aferrarse mas que su antagónica conciencia . Podía ser libre, y solo debía conocer a su monstruo… y correría hasta poder saludarle por su nombre… y pararía, pues todo estaría resuelto… y se entregaría…

P.D. Espero no se me haya pasado nada por ahí… igual y luego les escribo más extenso sobre el año, aunque queden dos días…

Diversión ICC’una con Oniso, el Onigiri Asombroso

mayo 19, 2009 4 comentarios

Acontecimientos del día me hacen sentir aplastado =o=, pero mi pequeño amigo Oniso, el onigiri asombroso, se unió a la diversión del día :D. lamentablemente la posesión no era de lo más agradable para el huésped… le quitaba su identidad :p.

Asi que... ¿Oniso es tu nombre eh? *sonido de arroz hablando*

Asi que... ¿Oniso es tu nombre eh? *sonido de arroz hablando*

Oniso llega y posee la gente de las personas con un poco de ayuda.

Oniso llega y posee la cara de las personas con un poco de ayuda.

Un ratito después, Oniso se le avento a otro.

Ese Oniso no tiene respeto por la cara de los demas, robandoles su identidad.

Ese Oniso no tiene respeto por la cara de los demas, robandoles su identidad.

Después de unos buenos chistes sobre arroz, camarones, algas marinas, y bares… Oniso me atacó… no podía ver nada :(.

"First i was all =.=... then I :D'ed"

"First i was all =.=... then I :D'ed"

Por último, llego un amigo de Oniso por el y nos despedimos, aunque brambs se veía un poco enojado por haber sido poseido.

Brambs pensando -"hmmm Oniso me cae mal"... pobre Oniso D:

Brambs pensando -"hmmm Oniso me cae mal"... pobre Oniso D:. (de izquiera a derecha: Oniso, Brambs, su amigo...)

p.d. La cara de brambs de la última foto me recuerda a Mr.G de half-life :P.

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Vasilaciones en una tarde fría

mayo 8, 2009 3 comentarios

El sol colorea de manera elegante con colores pastel el cielo. Tonos rojizos, anaranjados, azules… un gran arte el de pintar el cielo, solo apto para las estrellas y las galaxias… lineas imaginarias, a lo más que llega el hombre. La silla que alberga mi cuerpo es de lo más adecuada para la situación… soy demasiado observador. Cerca, un grupo de individuos, rondando a la deriva por el suelo,en patrones sinusoidales, de un lado a otro, perdiendo el tiempo como si el universo lo regalara a montones, y lo digo también por mi mismo, que hago yo sino perder el tiempo de igual manera. Multitud de individuos, por evitar prejuicios, “no juzgar al libro por su portada”, dicen las voces de mi cabeza, controlando mi pensar. No habría de que preocuparse o interesarse si se tratara de otro grupo cualquiera, de esos a los que todos llegamos a pertenecer. Un par de hombres, uno que otro animal… y esa chica.

No habría de que hablar, pero esa chica, el misterio me consume. La curiosidad me confunde. Hojas, lápiz, algo con que jugar…

Pero mi atención no esta fija en el papel, vil recreación automatizada, ni en las notas y palabras que escucho, inteligentes mas no de lo más oportunas. Mi atención ronda por aquel círculo cercano. Noto risas. Esa chica. Como puede ser una presencia desconocida tan misteriosa y a la vez cautivante. Curiosamente, el tiempo fluye rápido. Me distraigo, busco perder la mirada, procuro no buscar la suya… es incomodo… demasiado atractiva…

El tiempo pasa, si, y rápido si me lo hago notar, pero mis observaciones lo hacen parecer eterno… capturo una mirada suya… lo peor… mi estabilidad… su presencia es intolerable… es intoxicante, abrumante… fascinante.

Y ahí estoy, meditando sobre lo sucedido, sobre ese par de ojos momentáneamente apuntando hacia mi, me convenzo de que no fue nada… pura coincidencia. El tiempo pasa. El sol se oculta. Una posición de forzosa apreciación, ¡Puedo verla! ¡Puedo verla!, descansando en aquella lejanía… y aun lo suficientemente cerca para oír lo que dice… lo que dicen… ¡Es tremenda esta curiosidad!, esta ansiedad, esta…

Acaba una canción, y todo encaja de nuevo… los sonidos paran, como si se detuviera mi entorno, mis pensamientos se limitan a pensar en la circunstancia… pasa cerca… demasiado…

Y de nuevo comienza la canción, se aleja de manera indiferente, inadvertida de mi presencia… pura paranoia, pura paranoia. Volveré a mis asuntos. Pero mi curiosidad me lo impide, mis pensamientos me corroen, mi mente se pierde entre los sonidos, ¡es un estruendo!, puros desorden… Finalmente, la música me distrae. Aquella gloriosa canción, dedicada a mi paranoia…

Recibo una llama, es hora de partir. Al fin una escusa lo suficientemente poderosa para olvidar mi entorno y moverme cuanto antes de la situación… ¿y es en verdad eso es lo que quiero? uno duda de su propio juicio…

Una vez comenté, “que interesante la psiquiatría, la psique, y sus padecimientos”… y sus padecimientos… que interesantes de verdad. Esas extrañas, locas neuronas.

p.d. la columna arruinó mi estructura…

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Lapsos Aleatorios Visualmente Incontrolables, Desenfocados y Alucinantes

febrero 11, 2009 Deja un comentario

caminando por una quebrantada vereda noté un pino de majestuosa densidad, denso follaje y extraño color, brillaba poco pero sus hojas no formaban aquel inconfundible patrón presente en muchos arboles: sombras entremezcladas con  decenas de verdes, negros y en ocasiones cafés. Incrédulo camine hacia el para intentar encontrar algo que me explicara su condición.

Uno no esperaría mucho de unos cuantos metros, pero en esos pasos paso mucho por mi mente, no entendía lo que veía. El cielo se mezclaba con la tierra, como si el concepto de horizonte no existiera, y el mar y la lluvia fueran uno mismo. Claro… ese día llovía… al menos eso recuerdo. Uno que confía en su memoria y no anota las palabras en papel, archivos digitales o piedra… ¡ja!… piedra, solo un torpe continuaría con esa costumbre… aunque… sería… ¿contemporáneamente original? habría que analizar el porcentaje de la población mundial escribe aun en piedra con un cincel y un martillo. ¡Que locura escribir aun así con las facilidades del papel y lápiz en nuestras manos! y más ahora con todos aquellos medios digitales, ¡Una maravilla!… río al pensar en el cincel, ¡en el martillo por dios! ¿Por dios? ¡Por las ideas mejor dicho! ¿pues que no dios es solo una idea sobre explotada? igual y no, en realidad da igual. ¡En fin! recuerdo una luz intensa, de aquellas que manchan los ojos de azul y verde, amarillo y rojo. Se aproximaba, pero no era mi interés observarla, me distraía con la amalgama de formas inexplicables, como aquellos momentos en que uno abre los ojos en una piscina y ve todo sin limites… es decir difuminado, borroso, sin figura alguna… algo así experimentaba, excepto que más concreto, como aquellos cuadros que uno podría calificar como pintura discurrida al azar sobre un lienzo, o los colores del aceite de lo automóviles sobre el agua… algo más como lo primero. Continuando sentí que mis ojos se desenfocaban, pero la imagen permanecía nítida; músculos incontrolables expandiendo mi pupila, y mis manos intentando tentar algo que orientara, ¡o que soportara mi tambaleante espíritu! dudo que mi cuerpo se desequilibrara.

Súbitamente el pensamiento volvió a mi mente, mi motivación al avanzar se esclarecía, sentía la convicción volver a mi, como aquellas batallas que uno observa héroes luchando contra una fuerza mayor; obreros enlodados trabajando contra condiciones adversas para finalizar un momento crucial en alguna obra. En los últimos momentos, mi mente aclaro todo, todo tenía formas y colores delimitados por su colaborativa existencia, ya que si todo fuera de un solo color ¿cómo distinguiríamos las formas? ¿o si todo tuviera una misma forma, de qué serviría el color? la monotonía sería innegable… al menos eso creo yo. En fin, para no hacer el cuento largo – y no que no me interese el escribir esto pero a veces siento que hablo conmigo mismo y… es simplemente extraño- llegue a mi destino, me interesaba conocer el misterio de el árbol mono tónico… espero que esa palabra exista… jaja suena chistoso… ¡a, me distraigo! acabaré de una buena vez… descubrí lo molesto que es no tener lentes y no detectar el olor a pino… con la esperanza de encontrarlo en un árbol… maldito plástico…

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