Archive

Archive for 29 julio 2010

Memorias

julio 29, 2010 3 comentarios

¡He vuelto! después de unos meses de disparates escolares y un breve descanso de las labores del mundo, he logrado atrapar un buen momento para plasmar algunos de mis pensamientos; pensamientos que van, pensamientos que vienen, que resuenan y que pasan por la mente, queriendo ser anotados para no ser olvidados, para ser transmitidos e ilustrados. Esta entrada se la dedico a todos aquellos que han moldeado mi vida, pero en especial a dos personas que han configurado y transformado muchos de mis paradigmas y los han convertido en viejas estatuas de arcilla, arcilla que ha de perdurar pero que no ha de volver a mí, al menos hasta donde sé contemplar. Esta entrada se la dedico a Celeste, mi amor, mi felicidad, mi nena, y a Totu, mi fiel amigo de la secundaria, de la preparatoria, de la universidad y de la vida.

Era de noche y el tiempo había transcurrido imperceptible ante los ojos de un hombre que sollozaba, desorientado por la ineptitud de su cerebro, que había olvidado recordar y que ahora vagaba lentamente por las calles de una ciudad que no era más que un montón de goma y cemento amontonado. Bloque por bloque, la ciudad había sido convertida en un contenedor vacío y libre de perspectiva.  Teñidas de colores cuyo significado se había perdido al pasar las épocas, las banderas ondeantes que seguían los breves suspiros del mundo al borde de los grandes palacios caían y revolaban, hartas de tantos años de estar colgadas sin homenaje ni honores, y se tiraban rendidas como si esperasen un tornado que las arrancara y las ondeara no sólo donde no las querían ya, sino por todo el mundo, con la esperanza de encontrar algún individuo con suficiente memoria y tiempo para recordar su forma y reconocer su danza y erguirse y rendirles honores y juramentos.

Qué poco afortunadas eran las banderas, pues se habría erguido cualquiera que tuviese aún algún rastro de conciencia – y especialmente alguna memoria sobre la importancia de los lábaros patrios-, pero el hombre había olvidado recordar y había aprendido a olvidar. Con esa desconfianza diaria que tienen los individuos sobre sus recuerdos temporales y permanentes, breves, a corto plazo y a largo plazo, ellos rechazaron la idea de vivir su vida por sí mismos y lograron emancipar a las memorias de sus mentes, y las enfrascaron en el mundo tangible – no que el cerebro sea abstracto, pero su memoria es volátil y requiere de supervisión constante para que no se fuguen los pensamientos presentándose cualquier oportunidad -, en la memoria de los imanes, de los discos y de las partículas. El hombre, sobre todas las cosas, había adquirido un gusto cegador por privarse de los placeres más básicos, todo por el progreso de la ciencia, y eliminó todo rastro de él de los registros eternos de las máquinas de la memoria. Lentamente grababa en las partículas todo lo que observaba, convirtiéndose en una sonda  más, perdida en la profundidad de su mundo y su espacio, finalmente transformándose en lo que siempre había querido ser, aquello que creaba con su naturaleza tecnológica y sobre lo que elaboró su peor caso de antropomorfismo. Se había convertido en un autómata.

Durante un tiempo, el hombre fue feliz en este estado de simbiosis: hacía crecer la ciencia como un globo, expandiendo sus horizontes uniformemente, a cambio de la simplificación de su existencia. Entonces, el hombre sólo debía observar, volar y sentarse, rodar, sumergirse, flotar y transmitir todo lo que veía y tocaba a la máquina de la memoria, la cual hacía automáticamente el trabajo de juez y verdugo de la verdad y constructor del conocimiento. Era, además, una clase de deidad que el hombre alimentaba con su pura existencia, dictada por las instrucciones de la conciencia colectiva de la máquina, que aparentaba gobernar como todo un solidario soberano. Uno por uno, los hombres y mujeres, seguidos por los niños y los viejos, se sometieron a este nuevo orden de construcción y existencia. El hombre entonces olvidó su vieja vida y sentó las bases para lo que sería la reducción de sus espíritu. Integró a la máquina de la memoria funciones de alimentación, de cosecha – cosecha no sólo de alimentos, si no la de la misma humanidad-, y de eliminación, y entonces no fue sólo un dios dedicado a la recolección y a recompensar los servicios de sus siervos; la máquina de la memoria se había transformado en la máquina de la vida, de la forma y del orden. Sin la necesidad de practicar sus conocimientos y emplear su cerebro, el hombre era ahora la sonda autómata que tanto había odiado integrar a su independencia y que ahora era su misma esencia. Y entonces el hombre olvidó recordar.

El hombre olvidó recordar el sonido de sus entrañas, el perfume de las flores, la sensación del amor y el significado de los emblemas. Había olvidado el dolor del ejercicio, el placer de dormir y la fantasía de soñar. Dentro de él quedaba sólo su funcionamiento natural e instintivo, la satisfacción de la independencia total de sus responsabilidades y el entendimiento de un lenguaje simple y embrutecido por falta de práctica. El hombre entonces había olvidado lo que había practicado por siglos, lo que había perfeccionado por milenios. Había olvidado la belleza del arte, la importancia del raciocinio y su significado y su propósito. Olvidó la operación de las máquinas, la construcción de las herramientas de la agricultura y la hermosura del vuelo. Olvidó la música, el entretenimiento, el deseo de la individualidad y el celo de la competencia animal.  Olvidó la guerra y el sentido de la paz, los fundamentos de la religión, el significado del perdón, la innovación y, sobre todo, la curiosidad de la exploración.

Entregado a su única labor, el hombre confió en su mundo, un mundo de carácter vengativo y estricto con las condenas que planeaba dictar después de siglos de abuso. Había sido herido gravemente por aquellos hombrecillos de ciencia, de civilidad y de erosión. Había comprendido el propósito final del hombre y había entonces planeado su castigo. Les había permitido, como a los condenados se les mima con su última comida, arrastrarse unos cuantos años por su superficie, pero enfurecido por un último insulto humano – nunca se ocuparon de planear una despedida digna de su presencia consciente sobre la tierra-, el planeta decidió arrojar sobre ellos una venganza sin precedentes. Uno a uno, los pilares que sostenían al cúmulo humano fueron despedazados por la furia de un planeta tendiente al equilibrio, y uno por uno los individuos del colectivo humano fueron desapareciendo de los registros de operaciones. Primero, los más lejanos, que nadaban en los planetas exteriores, terminaron asfixiados por una atmósfera espesa cuya compostura había sido imposible por la máquina de la vida. Siguieron los del océano, que buscaban los orígenes de la vida en los túneles subterráneos y que terminaron aplastados por miles de atmósferas o por las rocas enrojecidas por una ira inconfundible. Los que volaban por las nubes, estudiando los fenómenos del trueno y las auroras, cayeron, apresurados por las máquinas que los mantenían en vuelo, contra la tierra que los había visto partir hace más de 17 siglos. Al final quedaron los que se arrastraban, los que, al romperse los tubos, volvieron a respirar aquella dulce brisa y que sobrevivieron a la pulmonía y al clima cotidiano del que habían huido.

El hombre habría comprendido el universo si no hubiera perdido su capacidad de recordar. Al final la máquina logró por su cuenta insertar los espacios vacíos y había conformado el mapa eterno del cosmos. La humanidad, por su parte, había perdido el interés en tan tremenda odisea. Había complicado su lenguaje con tanta palabrería técnica, del cual entendía sólo una pequeña fracción de lo que significaban sus símbolos, que prefirió encerrarse en el acontecer del universo y en la transmisión de sus señales inservibles, rebuscadas por el afán de entretener a su deidad, y perder el rumbo de su razón original.

El hombre, entonces sollozaba consciente de sí mismo, pero no de lo que había sido. Había perdido su razón de ser, y aunque la recordara, su mundo era ahora de un color olvidado, desprendido de cualquier registro y plasmado sólo en las viejas pinturas. El mundo había embellecido para sí mismo y no para el hombre. Y para todos esos vagos desterrados del reino absoluto de la máquina de la memoria existía un destino vacío, pues lo habían tenido todo, y en un berrinche la tierra decidió devolverles el favor de destrozarles las expectativas de una forma delicada y bella de vida. En el mundo nuevo no había nada para él, y él se había convertido en lo que más temía. Sin sus memorias, era una sonda vacía, un animal sucio, instintivo y abandonado, una analogía de lo que alguna vez había sido la muerte. Entonces, los señores de la tierra soñarían con lo único que habían conocido, y soñarían despiertos, sólo por defenderse de la realidad.

Desde el comienzo de su sueño, que a su vez comenzaban en su nacimiento artificial, los soñadores se iban transformando en un sensor, nada más que un bulto carnoso perdido en el universo, registrando y anotando, perdiendo su capacidad de conocer, regalándola a la máquina que recompensándolos les regalaba la sencillez de su vida. Al conocer todo, no quedó nada. Su vida estaba sujeta al orden absoluto del universo. Sólo observarían el movimiento de las placas, de los astros y de la vida, relatando cada momento en su propia jerga, En aquella memoria eterna, cuya finalidad se había perdido en el tiempo.

Categorías:Historias, Pensamientos